El Oro

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Es uno de los metales que ha acompañado la evolución de todas las culturas en el mundo, su intenso color amarillo cautivó a nuestros primeros metalurgistas, quienes lo asociaron al astro rey, el Sol, de esta manera, el oro se convirtió en el regalo de los adoradores para con su dios, quienes atribulados esperaban con ansiedad su retorno en cada amanecer.

Las noches, por entonces, generaban temor; su oscuridad representaba un enorme peligro en los albores de la humanidad, particularmente, porque la mayoría de ellas estaban privadas de la presencia de la Luna; el oro ofrendado al dios constituía una muestra de reciprocidad, dentro del sistema de organización social, que les permitía alcanzar la estabilidad necesaria para proveerse la subsistencia; no es que el oro haya sido un mero objeto de culto para las teocracias gobernantes, tampoco únicamente de admiración, suntuosidad o ambición; el gobernante de la teocracia era percibido como una extensión de la divinidad suprema y se le debía obediencia, respeto y culto, el gobernante tenía por misión garantizar la subsistencia del grupo.

El triunfador era venerado por su poder estabilizador, a él, y por su intermedio a los dioses, se les proveía de ofrendas que tienen diferentes formas; por ejemplo, el culto a la Pachamama se realiza escogiendo los mejores frutos que proceden de la misma tierra, pero la duración de éstos está restringida a su ciclo vital, los cuales son percibidos como que vuelven a incorporarse a la tierra tras su descomposición, el caso de los metales es diferente, particularmente si se trata del oro; sus propiedades le otorgan una vigencia mucho mayor, a la divinidad se le otorgaba aquello que contribuía a su realce y dichos objetivos no se habrían logrado brindándole un buen uso cotidiano, de allí la importancia del oro entre la diversidad de metales.

Por otro lado, si el gobernante buscaba alcanzar el respaldo y reconocimiento social, pues debía promover sistemas que le permitiesen generar progreso y bienestar al conjunto, además de fortalecer la relación entre el súbdito y el gobernante “Hijo del Sol” u otro, según correspondiese. Por lo tanto, el metal elegido como vehículo de veneración y de interrelación con el “Dios local” no podía ser el más escaso de los metales, pues éste también debía cumplir con el requisito de poder ser un objeto al alcance de un segmento mayor de la población, otra vez el oro, más allá de ser un bien ambicionado con fines de fastuosidad, también fortalecía la estabilidad social.

En las etapas de conquista como el que nos tocó vivir, entre unas y otras culturas, el objetivo final no era el apropiarse del oro, sino asirse de aquello que éste representaba, la estabilidad social que el vencido había conseguido para con su grupo humano y así incorporarlos a la nueva estabilidad por medio del fortalecimiento y engrandecimiento del vencedor.

En nuestra siguiente edición se analizarán los aspectos económicos, políticos y sociales que acompañan al rey de los metales.